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Entre risas y recuerdos

El contenido de este blog no es con otra intencion que la de contar mis historietas y mis recuerdos, sin animo en ningun momento de ofender o faltar al respeto a nadie, por lo cual ruego a quien pueda sentirse ofendido me lo haga saber y yo retirare la parte en la que se haya sentido ofendido; por el contrario, a quien lo lea le agradecere opine sobre lo leido y aporte su grano de arena. Gracias.

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miércoles, 19 de octubre de 2016

Mi querido desván

Sentado delante del teclado pienso en como comenzar este relato tan insulso como lleno, para mi, de vida y de recuerdos.
No es muy normal que una simple escalera pueda traer tantos recuerdos y, pensándolo bien, no es la única. No, no me refiero a la escalera de Pepe Viyuela que tantas risas nos ha provocado y la familia bien lo sabe. A la primera que me refiero era de mano, de las de apoyar en la pared y su altura estaría en torno a los cuatro metros considerando la altura de la mampara de entrada a casa y el altillo que había aún hasta el techo. Encima de éste una persona adulta no podía caminar erguido, aunque poco faltaba y la mampara tendría sobre los dos metros cuarenta centímetros. En el altillo había dos alturas diferentes, una era la zona que tapaba la escalera de caracol, en la cual no nos dejaban ponernos por miedo a que se hundiera; allí solo había algunos enseres en deshuso y una cazuela de barro que solo asomaba en ciertas celebraciones como la matanza del cerdo o alguna Navidad concurrida, en la otra parte no había prácticamente cosas y, aun así, de vez en cuando, nos gustaba subirnos allí y ver la cocina desde otro plano. Si recuerdo que una de las cosas que allí había, era un tipo de gancho con una chapa soldada de plano en el extremo opuesto y que se utilizaba para sacar la ceniza por una trampilla pequeña que había en la parte baja de la cocina de leña.
La escalera no sé de que madera era, aunque si pensamos que era ligera, bien podría decir que era de fresno, los huecos que dibujaban sus peldaños, eran lugar frecuentado en nuestros juegos en los largos días de invierno, hasta el punto de llegar a oír decir a nuestros padres: "Voy a poner una horcada de espinos ahí, a ver si dejáis la escalera en paz".
Ja, ja, ja, cuanta paciencia!!!
El destino de ésta era el desván, lugar al que yo acudía con recelo en mis primeras visitas y lugar adorado luego por la sensación de independencia que allí sentía, a la par de saberte en casa. Siempre sentí cierto temor a la hora de bajar, aun hoy, cuando lo recuerdo, una leve mezcla de vértigo y miedo se hacen presentes. Había que tener en cuenta que aquello conocido como "la trapa", no era sino un agujero en el piso de éste sin lugar alguno al que asirse y la altura hacia aflorar cierta inseguridad hasta que sentías tus pies en los peldaños y una de las manos ya estaban cogidas a la escalera. Tan solo unas tablas perfectamente unidas servían de tapa para aquel agujero la cual se sujetaba posada en dos lados en "L" y un taco de madera cuadrado y estratégicamente colocado en el otro vértice; ésta solo se colocaba cuando el frío comenzaba y las huralitas del tejado hacían que éste se notara en la casa.
Recuerdo cuando tenia que pedir a mi padre que me subiera un ratito al desván, mis piernas aún no eran lo suficientemente largas como para salvar los peldaños de la escalera y una vez arriba me surgía la duda de donde aferrarme para salvar la distancia entre la escalera y el suelo firme del desván. Los ratos que pasábamos en él, nos trasladaba a otro lugar, sus rincones y sombras misteriosas nos hacían vivir momentos alejados de todo. No resulta fácil describir los recuerdos cuando estos están basados en los sentimientos y dejan de ser materialistas, aquello, por raro que parezca, era algo tan especial y tan simple como "el desván".
Aquello, que para algunos no pasa de una simple anécdota o de un simple y oscuro desván, para nosotros era tener un refugio dentro de casa, un lugar en el que cada uno de sus rincones escondía al descubierto ratos de felicidad, juegos y vivencias. Un lugar en el que podíamos contarnos nuestros inocentes secretos con la garantía de no ser descubiertos. Era muy grande y muy alto, tanto que , mientras los aleros del tejado casi descansaban sobre los propios laterales de su suelo, su cumbre se alzaba por encima de los tres metros y medio dándole el aspecto de una construcción de los países del norte donde las nieves ponen a prueba cada año los rigores de su peso y que se combate por sus pronunciados desniveles. Su cubierta era de chapa metálica ondulada con lo que los inviernos eran muy fríos en él y por el verano sobra decir que era el efecto totalmente contrario.
Estaba dividido en dos partes distribuidas transversalmente y a partes iguales comunicados por un arco semicircular de unos tres metros y medio de alto por uno y medio de ancho, la parte trasera carecía de luz o ventana alguna lo que producía en mí cierto recelo a adentrarme en él, además, en la parte alta del arco de entrada anidaba una colonia de murciélagos que en varias ocasiones me asustaron con sus gritos y aleteos cuando no estaban durmiendo su temporada invernal. Sus excrementos había que retirarlos en varias ocasiones pero siempre fue respetada su colonia. Dentro del oscuro habitáculo apenas podía encontrar alguna cosa, tan solo alguna vieja caja con ropas en deshuso por su mal estado o algún viejo sombrero de paja roto. Tan solo algunos palos de variopinta medida en largo y grueso que secaban en la oscuridad con el propósito de que, de esta manera, no se resquebrajaran o agrietaran y sirvieran para hacer mangos y utensilios varios una vez alcanzasen su estado optimo. Los mas largos y delgados, solían ser de avellano, su uso era para mangos de rastros, horcas o azadas, también para varas para caminar, porrachas y otros usos; los de fresno solían ser mas cortos y gruesos, con ellos se hacia el armazón frontal del rastro, incluidos su dientes, pero también servían para hacer los mangos de las hachas, palas, hoces. picos y varios más; algún trozo de espinera era utilizado para fabricar utensilios de cocina por su calidad, dureza y porque no dan sabor o color alguno. Pero sin lugar a dudas, el mango por excelencia se le ponía a los cuchillos hecho de cuerno.  La oscuridad de ese lado se acrecentaba cuando subías de día y la parte delantera estaba iluminada y el fondo me parecía aún mas sombrío. He de confesar que me daba un poco de miedo entrar allí y ese mismo temor hacia que mi curiosidad me transportara hacia su interior como si ese día fuese a haber algo distinto al anterior.
Pero aun aumentaba más cuando mis ojos se dirigían siempre a aquel agujero que, a media altura, había en el mismo centro de la pared trasera. Sin duda tenia que haberlo hecho alguien, su forma cuadrada regular y de cierta profundidad escondía algo a lo que nunca pude llegar y eso hacía que mi intriga fuera en aumento. Con los años supe que era, allí se guardaba algo de dinamita que se utilizaba en pequeñas detonaciones de piedras que dificultaban el acceso para carros y otros medios de transporte en el camino o para quitar grandes piedras en prados o fincas. Eso demostraba la teoría de que estaba hecho para cumplir un fin y que no era casual.
La parte delantera era la mas utilizada y visitada.
Aquel lugar albergaba buena parte de los momentos mas entrañables, que no emotivos, de nuestra vida en aquella casa. Al asomar al desván, a uno de los lados, estaba "la trapa" o tapa con la que se cerraba aquel agujero y al otro lado una serie de calzado que, generalmente, no era de temporada, nos recibía, mas allá, en perfecto desorden podíamos disfrazarnos con las ropas que guardaba el viejo baúl acartonado de color negro y tapa bombeada con refuerzos color piel, el cual sufrió los ataques de diversión y rebusca de todos nosotros. En alguna ocasión, llegue a llevar a mi madre algún viejo sujetador suyo para que me hiciera unas rodilleras para jugar a fútbol y ella, haciéndome ver su fingido malhumor, le cosía unas cintas para poder yo atarlas.
¡Cuanto amor, dedicación  y sacrificio nos brindaron a base de su sacrificio!
Un cajón de madera que solo abría una parte de su tapa, era el que menos nos dejaban"revolver". Nominas de mi padre, cartas o papeles que pareciesen interesantes se guardaban en él, de ahí su reserva.
 Una maleta de madera pintada de color butano y hecha por mi padre guarda revistas de la época, y Selecciones de Reader´s Digest, asi como algunos libros viejos y otros artículos; unas cajas de cartón con mas prensa y ropas o calzados y algunas cosas mas conformaban la parte de "la trapa", asi como una cesta de mimbres cuadrada y con tapa que utilizaban. cuando nos visitaban en Pedrosa durante el curso escolar, para llevarnos sus mejores viandas y dulces.
Al otro lado estaba lo que llamábamos "el rincón de los gamones", no fuimos demasiado originales con el nombre, lo sé, porque era donde realmente se almacenan los gamones que recogían a final de verano y que, una vez secos, serian parte del alimento para los cerdos en invierno y lugar en el que nos encantaba dormir, eso si, en una cama bien vestida y abrigada que nuestra madre nos anidaba con el mayor de los amores.
Sentirse allí arriba, solo, ante tan gran habitáculo y mecido por el suave crujir de los gamones era un placer indescriptible y único. La costumbre de oír el continuo sonar de la maquina, se veía atenuado y crecía el relajante ruido del gran chorro de agua que fluía de las entrañas de la casa para dar salida por la tubería en un salto al lado del pequeño prado que a veces bañaba por medio del ingenio de nuestro padre.
Que llegaran hasta allí los gamones era tarea ardua y laboriosa realizada en la mayor de las ocasiones por nuestra madre. Su recogida acababa formando una carga que ponía sobre su espalda y trasladaba hasta casa dando la sensación de que caminaba la carga sola y costando un esfuerzo enorme para aquel valiente y pequeño cuerpo, subirlo al desván no estaba exento de trabajo y algún peligro. El tamaño de la carga debía ser proporcional al tamaño del agujero y en ocasiones algo fallaba. Una polea atada a la carga y el esfuerzo común terminaba por dar su fruto y acabar en el sitio deseado, era la hora de descansar un ratito y tomar un café.
A nuestros pies, unos esquíes de mi padre, otros de Ángel hechos por mi padre, al igual que unos más pequeños míos, descansan hasta que lleguen las primeras nieves. La forma de éstos no difieren gran cosa de los esquíes comprados y su correaje y amarre solo se puede atribuir a alguien con las ideas muy claras y las manos muy hábiles.
Un poco mas centrado y al lado del arco que da entrada a la parte trasera, una vieja mesa cuadrada y algunos "trastos" más, conforman el contenido del desván,
En la pared frontal, una ventana que nos tienen algo vetada por su altura, da vista a un paisaje que muy pocos han tenido el privilegio de disfrutar. Una caja de cerillas y un hilo largo nos daba pie a establecer conexión telefónica desde ésta a tierra firme. Al lado de la ventana, un cable pasa al piso inferior comunicando a modo de antena de radio y conectado al tejado metálico, tecnología pura y ecológica. Asomarte a esa ventana era para nosotros como sentirte en la proa del Titanic, una sensación de poder y libertad inimaginable.
Pero la vida está en continuo movimiento y "la trapa" se cerró definitivamente dejando adentro muchos momentos y sueños sin cumplir, muchas ilusiones y casi una vida, pero jamás podrá cerrar nuestros recuerdos.


1 comentario:

Telvi dijo...

Río y lloró la vez al leer tus recuerdos del desván,"tan parecidos a los míos"
Algo se te olvidó y es raro _la LLUVIA golpeando las chapas_.
Es un sonido único y especial q recordaré toda mi vida. A veces e situaciones tristes ha llegado.a mi y a logrado tranquilizarme
Gracias hermano pequeño Te quiero